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En pleno siglo XXI, somos muy conscientes de las repercusiones que las acciones humanas tienen sobre nuestro planeta. Por eso, el cuidado del medio ambiente debería situarse entre las prioridades de todos. La tierra es nuestro hogar y por ello merece respeto y cuidado. Lo que tenemos que hacer ya es de sobra conocido, pero la mayoría de veces no nos damos cuenta de que una pequeña acción es muy útil en la lucha por el medio ambiente.

El uso consecuente de la energía es un buen ejemplo de ello. Y es que ese “¡apaga la luz!” que siempre te grita tu madre desde la otra habitación es un consejo muy sabio. Como sabes, la disminución de la energía y del agua que consumimos es vital para el ahorro de estos recursos tan imprescindibles. Son, como decíamos, las pequeñas acciones diarias las que contribuyen a la construcción de un mundo mejor y más sostenible. El reciclaje es un buen ejemplo de ello. La separación de los residuos reduce el trabajo de extracción, transporte y elaboración de nuevas materias primas, por lo que disminuye el uso de la energía necesaria para llevar a cabo estos procesos. También ahorraremos una gran cantidad de recursos naturales.

Pero, ¿y qué pasa con la contaminación acústica? Esta es una de las formas de contaminación atmosférica que más puede afectar a la salud de las personas. La contaminación acústica se produce cuando el exceso de sonido o de ruido altera las condiciones de una zona concreta. Lo curioso es que, en la mayoría de casos, esta clase de contaminación la origina la actividad humana.

Lo perjudicial del ruido se mide en decibelios. En las zonas residenciales, el máximo autorizado es de 55 decibelios, mientras que en las áreas industriales no puede sobrepasar los 70. Algunos de los niveles de la banda sonora de nuestro día a día superan, con creces, los máximos aceptables. El tráfico rodado puede llegar hasta los 85 decibelios, unos 20 por encima de lo aconsejado. ¡Y debes tener en cuenta que una conversación en un tono normal alcanza los 50 decibelios! Por eso, pequeñas acciones como bajar la voz, no apretar el claxon o silenciar un móvil pueden marcar la diferencia.

El ocio, en ocasiones, es sinónimo de contaminación acústica. Las terrazas, las conversaciones con amigos y las noches de desenfreno pueden causar graves molestias y acrecentar el nivel de contaminación acústica del ambiente que nos rodea. Es por eso por lo que los locales de ocio deben estar debidamente insonorizados. No obstante, ¡eso no es suficiente! Disfruta con moderación, controlando el volumen de tus conversaciones y el sonido que produces. La empatía, en el control del ruido, es más necesaria que nunca. ¡Y es que mañana podrías ser tú el que sufre el ruido!

Todos somos responsables del cuidado de nuestro planeta. Día a día, uniendo gestos que nos suponen un esfuerzo casi mínimo, conseguimos que nuestro hogar sea un lugar mejor. Recuerda: en el control total de la contaminación, las pequeñas acciones tienen grandes consecuencias.

 

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